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La Nación: Virreyes en la ciudad

18/05/2026 | 4 visitas
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Lo escuché. O lo leí. O lo vi en un video de Instagram. O en un posteo de X. En estos tiempos vertiginosos en los que la información nos bombardea desde todos lados, ya no sé dónde me encontré con esta afirmación: “Todas las calles de Buenos Aires que tienen nombre de virreyes pasan por la avenida Cabildo”. Me pareció un enunciado muy simpático. Aunque tenía un par de problemas. Es cierto que en el ideario histórico con el que cargamos desde la escuela primaria el virrey —representante del rey de España en esta parte del mundo cuando éramos colonia—, y el Cabildo están relacionados. Pero en rigor, esta última institución atendía los asuntos de la ciudad, mientras que el virrey se ocupaba de las cuestiones políticas, militares y económicas del virreinato del Río de la Plata. Tenía su sede en el Fuerte, justo frente al Cabildo, del otro lado de la plaza. El otro inconveniente de aquella frase era un poco más grave. Resulta que no es cierto que todas las calles de virreyes lleguen a Cabildo. De las diez arterias porteñas que recuerdan a aquellos funcionarios españoles, solo cuatro tocan esta avenida: Loreto, Del Pino, Arredondo y Olaguer y Feliú (no son dos, es uno solo). Los otros seis andan dispersos por otros barrios de la urbe: Cevallos, Avilés, Cisneros, Liniers, De Melo y Vértiz. Ahora bien, una vez desmitificada aquella frase, seguí con los virreyes en mente porque me surgió un interrogante: ¿por qué figuran en la cartografía porteña personajes que representan tiempos en los que no éramos independientes? ¿No encarnan ellos, en parte, las cadenas que logramos romper a partir de 1810? La respuesta la encontré en una ordenanza de 1893. Allí se explicaba el por qué de los nombres que se le acababan de poner a las numerosas calles que tejían la trama de una ciudad cada vez más grande, especialmente por la anexión de los hasta entonces partidos de Belgrano y San José de Flores. En el texto de la norma se lee que “la historia colonial nos ha proporcionado numerosos y muy buenos elementos”. Se justificaba entonces la presencia en los planos de “figuras del descubrimiento y la conquista”, también de los “adelantados y fundadores”. Y de los virreyes, “pues todos hicieron algo bueno, y algunos de ellos fueron admirables funcionarios”. Enganchado ya completamente en esta saga de los virreyes encontré un detalle distendido que cuenta José María Taggino y que tiene que ver con los apodos que recibían estos mandatarios. El “virrey de los tres sietes” le decían a Cevallos, porque derrotó a los portugueses en 1777. Vértiz, tras colocar el primer alumbrado público, se convirtió “el virrey de las luminarias”. El marqués de Loreto, de cabellera pelirroja, era “el Bicho Colorado”. Olaguer y Feliú, el “de los entretelones”, porque no se perdía una función de teatro. Y Cisneros fue “el sordo”, pues había perdido parte de su audición en la batalla de Trafalgar. Los dos virreyes que faltan en las calles porteñas cargaban sobrenombres que explican su ausencia. En primer lugar, a Sobremonte le pusieron “Tras el Monte”, por cómo huyó a Córdoba con los dineros públicos en las invasiones inglesas. De Elío fue “el virrey que no virreynó”, porque recibió su cargo luego de la Revolución de Mayo e intentó gobernar desde Montevideo. Para cerrar esta historia, un último dato. El virrey Del Pino vivió sus últimos años en la actual esquina de Perú y Belgrano, donde hoy se levanta el imponente edificio Otto Wulff. Tras su muerte, su residencia se transformó en “la casa de la virreina vieja”, pues allí quedó viviendo su viuda. Con esta mujer y con su primera esposa, el funcionario tuvo, en total, 17 hijos. Una de sus hijas, Juana, se casó con un joven porteño de 19 años. ¿Su nombre? Bernardino Rivadavia. Así, volviendo al plano porteño, Del Pino no solo es de los pocos virreyes que llega a Cabildo, sino que quedó enlazado, sin quererlo, con el hombre cuyo apellido bautizó la que consideramos, aunque es una creencia discutida, la calle más larga del mundo.

» Fuente: La Nación


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